Me equivoqué.
Unas semanas antes de que Camila cumpliera once años, Patricia me llamó nuevamente.
—Laura, encontré algo entre las cosas que guardaba mi mamá.
Era una pequeña caja de madera.
En la tapa había una inscripción:
“Para Camila, cuando sea lo suficientemente grande para comprender”.
Dentro había una memoria USB, una fotografía y una carta escrita a mano.
Reconocí inmediatamente la letra de mi padre.
La fotografía mostraba a Camila cuando tenía apenas cuatro años.
Estaba sentada sobre las rodillas de su abuelo.
Ambos sonreían.
Conecté la memoria a mi computadora.
Había un solo video.
Mi padre apareció sentado en su antiguo sillón, con una camisa azul y el cabello ya completamente blanco.
Se veía cansado.
Pero sonreía.
—Hola, mi princesa.
Me llevé las manos a la boca.
Era su voz.
La voz que llevaba seis años deseando escuchar.