Permanecimos en silencio.
Después Camila me hizo una pregunta.
—Mamá, ¿puedo pedir otro deseo aunque ya apagué las velitas?
Sonreí.
—Claro que sí.
Cerró los ojos.
Juntó las manos.
Y susurró:
—Deseo que ningún niño tenga que tener miedo de su cumpleaños.
La abracé.
No había riqueza en el mundo capaz de comprar aquel instante.
Hoy han pasado dos años desde aquella tarde en casa de Teresa.
Camila tiene doce años.
Le gusta pintar, leer novelas de aventuras y preparar galletas con Mariana.
A veces todavía tiene días difíciles.
Hay recuerdos que no desaparecen simplemente porque las personas que los causaron ya no estén cerca.
Pero ahora sabe que puede hablar.
Sabe que su voz importa.
Sabe que no tiene que esconder sus lágrimas para mantener tranquila a una familia.
Y, sobre todo, sabe que jamás fue responsable de las decisiones de su padre.