Mi hija finalmente estaba empezando a comprender que las palabras crueles que había escuchado durante años nunca habían definido su valor.
—Sí, Camila —le susurré—. Estaba completamente equivocada.
Esa noche, cuando todos los invitados se marcharon, encontré a Camila sentada junto a la ventana.
Sostenía la fotografía de su abuelo.
Me senté a su lado.
—¿En qué piensas?
Ella tardó unos segundos en responder.
—En papá.
Sentí una punzada en el pecho.
—¿Lo extrañas?
Asintió.
—A veces extraño cuando me llevaba por helado. Pero no extraño cuando me hacía sentir mal.
Le acaricié la espalda.
—Puedes querer a alguien y reconocer que te lastimó. Las dos cosas pueden ser verdad.
Camila apoyó la cabeza en mi hombro.
—¿Crees que algún día cambie?
Miré las luces de Querétaro brillando a lo lejos.
—No lo sé, mi amor. Cambiar depende de él. Pero tú no tienes que esperar a que cambie para ser feliz.