—Siempre fuiste alguien distinto.
—Siempre fui yo. Tú solo preferías la versión que no te llevaba la contraria.
Se sentó en el borde de la mesa donde horas antes se habían burlado de mi maletín.
—Si te hubiera preguntado quién eras de verdad, ¿me lo habrías contado?
—Si me hubieras preguntado sin intentar poseer la respuesta, sí.
Preston miró la carpeta azul.
—¿Y qué vas a hacer con la casa?
—Venderla.
—Pensé que querías conservarla.
—Quería conservar el matrimonio que creía que existía. La casa solo contiene las paredes.
—¿Y nosotros?
—Nosotros quedaremos en los documentos que tú falsificaste y en las decisiones que tomaste.
No hubo abrazo.
No hubo promesas.
Salí del edificio con la caja de Nora bajo el brazo, porque me había pedido que guardara los registros hasta que terminara la revisión financiera. En el estacionamiento, llamé al coronel Ruiz.