“Esos hombres dijeron que usted no se daba cuenta”, me confesó el hijo de un cocinero mientras comía el pastel que le prometí. Luego mencionó una comisión, aduana y casi un millón de pesos que supuestamente debía pagar. En vez de enfrentar a nadie, llamé a una vieja amiga y llevé una copia del correo original a la siguiente reunión; ahí empezó a derrumbarse toda la mentira.

Valeria aceptó la disculpa, pero no el contrato.

Cinco minutos después los japoneses se fueron.

Sergio salió sin despedirse.

Durante la semana siguiente, los abogados de Casa Fresca revisaron tres meses de mensajes. Encontraron otras traducciones alteradas: fechas de garantía suavizadas, condiciones de servicio cambiadas y dos cargos que Sergio había dejado preparados para aparecer más adelante. Valeria no sabía si todo terminaría en una demanda, pero sí sabía algo: había evitado firmar a tiempo.

También canceló el viaje de compra a Japón y buscó otra opción. Un fabricante de Querétaro podía producir vitrinas similares, con refacciones nacionales y técnicos en Guadalajara. Eran menos elegantes, pero más fáciles de mantener. Un mes después, Valeria firmó ese contrato por una cantidad menor y con cada cláusula revisada por dos personas distintas.

Cuando se lo contó a Mateo, él preguntó:

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