“Esos hombres dijeron que usted no se daba cuenta”, me confesó el hijo de un cocinero mientras comía el pastel que le prometí. Luego mencionó una comisión, aduana y casi un millón de pesos que supuestamente debía pagar. En vez de enfrentar a nadie, llamé a una vieja amiga y llevé una copia del correo original a la siguiente reunión; ahí empezó a derrumbarse toda la mentira.

—¿Entonces por mi culpa compró mexicano?

—No por tu culpa. Gracias a ti tuve tiempo de elegir mejor.

Diego apareció desde la cocina.

—Entonces Mateo tenía razón.

Valeria asintió.

—En todo.

—Díselo tú. Lleva dos días preguntándome y le prometí que no le adelantaría nada.

El martes siguiente, Valeria volvió a El Andén.

Mateo estaba en la mesa del fondo practicando kanji cuando el mesero le avisó que alguien preguntaba por él.

Valeria lo esperaba en la misma mesa junto a la ventana.

—¿Otra vez la están engañando? —preguntó Mateo.

—Por ahora no. Vine a comprarte un pastel.

Cuando llegó la rebanada de chocolate, Valeria cumplió su promesa.

—Tenías razón. Sergio cambió una traducción para que yo pagara de más y él recibiera una parte. No firmé.

Mateo bajó la cuchara.

—¿Entonces los japoneses son malos?

Valeria tardó un momento en responder.

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