“Esos hombres dijeron que usted no se daba cuenta”, me confesó el hijo de un cocinero mientras comía el pastel que le prometí. Luego mencionó una comisión, aduana y casi un millón de pesos que supuestamente debía pagar. En vez de enfrentar a nadie, llamé a una vieja amiga y llevé una copia del correo original a la siguiente reunión; ahí empezó a derrumbarse toda la mentira.

—No. Dos personas hicieron algo malo: Mori y Sergio. El señor Takeda pidió disculpas y denunció lo ocurrido dentro de su empresa. Nunca juzgues a todo un país por dos personas.

Mateo pareció aliviado.

—Qué bueno. Porque algún día voy a ir a Tokio.

—Vas a ir.

Valeria quiso darle dinero como recompensa, pero Diego se negó.

—Si le paga por esto, mañana se va a pasar una hora lavándose las manos en cada baño para ver qué escucha.

—¡Papá! Yo no estaba espiando.

Valeria soltó una carcajada.

Aceptaron, eso sí, un regalo: un buen libro de japonés. Luego Rebeca encontró un pequeño club de conversación para niños que se reunía los sábados en una biblioteca. Diego insistió en pagar la mensualidad con su propio sueldo.

En el club, Mateo conoció a Keiko Yamada, una maestra japonesa casada con un ingeniero que vivía temporalmente en Guadalajara. Ella confirmó que el niño tenía una facilidad poco común para distinguir sonidos y le pidió que no se obsesionara con hablar perfecto.

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