“Esos hombres dijeron que usted no se daba cuenta”, me confesó el hijo de un cocinero mientras comía el pastel que le prometí. Luego mencionó una comisión, aduana y casi un millón de pesos que supuestamente debía pagar. En vez de enfrentar a nadie, llamé a una vieja amiga y llevé una copia del correo original a la siguiente reunión; ahí empezó a derrumbarse toda la mentira.

—Primero aprende a escuchar a la gente —le dijo—. El idioma viene después.

A Diego le gustó esa frase porque sonaba a algo que quería enseñarle a su hijo desde mucho antes de que apareciera el japonés.

Valeria empezó a coincidir con ellos algunos sábados. A veces llevaba café para Diego y se quedaba diez minutos; otras veces terminaba sentada una hora, oyendo a Mateo contar que había aprendido una nueva expresión. Esos ratos, sin contratos ni asistentes, se convirtieron en la parte de la semana que más esperaba.

Valeria comenzó a pasar con frecuencia por El Andén.

Al principio decía que iba para saber cómo avanzaba Mateo. Después dejó de mentirse.

Le gustaba Diego.

Era un hombre tranquilo, irónico, trabajador. La trataba igual cuando llevaba traje y chofer que cuando llegaba en jeans con el cabello recogido. Nunca le preguntó cuánto ganaba. Nunca intentó venderle una idea. Nunca pareció impresionado por que ella fuera dueña de veintisiete tiendas.

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