“Esos hombres dijeron que usted no se daba cuenta”, me confesó el hijo de un cocinero mientras comía el pastel que le prometí. Luego mencionó una comisión, aduana y casi un millón de pesos que supuestamente debía pagar. En vez de enfrentar a nadie, llamé a una vieja amiga y llevé una copia del correo original a la siguiente reunión; ahí empezó a derrumbarse toda la mentira.

Mateo, sin querer, le contó que Diego tenía un sueño: abrir un café propio de diez mesas y cocina abierta. Llevaba años ahorrando.

Valeria podía financiarlo sin pestañear.

Cuando se ofreció a prestarle dinero sin intereses, Diego dijo que no.

—¿Por orgullo?

—No. Porque una cosa es invitar a cenar a una mujer que me gusta y otra abrir un negocio pensando que me lo compró esa misma mujer.

Valeria se quedó inmóvil.

—¿Una mujer que te qué?

Diego se puso rojo.

Desde una mesa cercana, Mateo habló sin levantar la vista del libro.

—No me metas, papá. Yo soy neutral.

Valeria se echó a reír.

Aquella torpeza terminó en su primera cita.

Luego vino otra.

Y otra.

No todo fue fácil. Ella vivía entre oficinas, bodegas, proveedores y vuelos; él terminaba turno cerca de las once y organizaba su vida alrededor de Mateo. Una noche discutieron después de una cena benéfica donde una mujer había tratado a Diego con condescendencia al saber que era cocinero de un café.

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