“Esos hombres dijeron que usted no se daba cuenta”, me confesó el hijo de un cocinero mientras comía el pastel que le prometí. Luego mencionó una comisión, aduana y casi un millón de pesos que supuestamente debía pagar. En vez de enfrentar a nadie, llamé a una vieja amiga y llevé una copia del correo original a la siguiente reunión; ahí empezó a derrumbarse toda la mentira.

—No fue un error —dijo Rebeca—. Lo cambió a propósito.

Valeria se quedó viendo la pantalla.

Había confiado en Sergio con cifras, costos internos, planes de expansión y reuniones privadas. Incluso le había pagado una bonificación por su “excelente trabajo”.

—No quiero acusarlo todavía —dijo—. Quiero escucharlos decirlo frente a mí.

El jueves volvieron a reunirse en El Andén. Sergio llegó primero. Después entraron Takeda y Mori. Rebeca fue presentada simplemente como asesora financiera y se sentó al lado de Valeria, fingiendo revisar números.

La cotización final apareció sobre la mesa.

—Diecinueve millones ochocientos mil pesos por el equipo —tradujo Sergio—. Más novecientos ochenta mil por logística, aduana, seguro y certificación.

Valeria entrelazó los dedos.

—Necesito el desglose de esos novecientos ochenta mil.

Sergio tradujo.

Mori respondió. Takeda añadió algo y ambos intercambiaron una sonrisa breve.

Sergio dijo:

—Explican que es un cargo estándar.

Rebeca escribió algo en una hoja y la deslizó hacia Valeria.

“No dijeron eso. Mori dijo: ‘La asesora tampoco entiende japonés. No hay problema’. Takeda respondió: ‘Nuestro amigo preparará el anexo’”.

Valeria sintió cómo se le enfriaban las manos.

—Sergio, pregúntele a Mori por qué cobra aduana aparte si en su correo del mes pasado escribió que estaba incluida.

Por primera vez, Sergio tardó en reaccionar.

—Seguramente hay una confusión.

—Tradúzcalo. Exactamente.

Sergio habló en japonés. Mori contestó con calma.

—Dice que el correo especificaba que la aduana no estaba incluida.

Rebeca levantó la cabeza.

Se quitó los lentes, los limpió y, para sorpresa de todos, comenzó a hablar en japonés con una pronunciación impecable.

Mori dejó de sonreír.

Takeda se enderezó.

Sergio perdió el color.

Rebeca sacó la impresión del correo original y señaló una línea. Luego puso al lado la traducción de Sergio.

—Acabo de decirles que escuché toda la conversación —explicó en español—. También le pedí al señor Mori que explique por qué su correo dice que la entrega y la aduana están incluidas mientras el señor Sergio tradujo lo contrario.

Sergio empujó la silla hacia atrás.

—Valeria, esto es una provocación. Esa mujer está interpretando mal.

—Siéntate.

La voz de Valeria fue tan fría que obedeció.

Takeda preguntó algo en japonés.

—Quiere saber cómo nos enteramos —tradujo Rebeca.

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