—Ve a la recepción —dijo—. Mateo va a entender.
—Le prometí.
—Tu trabajo también importa.
Pero en sus ojos había una resignación que a Valeria le dolió más que un reproche.
El sábado, Mateo salió al escenario con camisa blanca. Buscó a su padre en la tercera fila y luego miró la silla vacía a su lado.
Diego sintió un nudo en la garganta.
Mateo tomó aire, miró hacia el fondo del auditorio… y se quedó inmóvil.
En la última fila estaba Valeria, sin vestido de gala, sin joyas, con jeans y un suéter sencillo. Había mandado a su director comercial a la recepción.
Mateo sonrió.
Dio su discurso completo sin equivocarse. Habló de los trenes de Tokio, del templo Sensō-ji y de la costumbre de decir “itadakimasu” antes de comer como forma de agradecer a todos los que hicieron posible esa comida.