“Esos hombres dijeron que usted no se daba cuenta”, me confesó el hijo de un cocinero mientras comía el pastel que le prometí. Luego mencionó una comisión, aduana y casi un millón de pesos que supuestamente debía pagar. En vez de enfrentar a nadie, llamé a una vieja amiga y llevé una copia del correo original a la siguiente reunión; ahí empezó a derrumbarse toda la mentira.

—Ve a la recepción —dijo—. Mateo va a entender.

—Le prometí.

—Tu trabajo también importa.

Pero en sus ojos había una resignación que a Valeria le dolió más que un reproche.

El sábado, Mateo salió al escenario con camisa blanca. Buscó a su padre en la tercera fila y luego miró la silla vacía a su lado.

Diego sintió un nudo en la garganta.

Mateo tomó aire, miró hacia el fondo del auditorio… y se quedó inmóvil.

En la última fila estaba Valeria, sin vestido de gala, sin joyas, con jeans y un suéter sencillo. Había mandado a su director comercial a la recepción.

Mateo sonrió.

Dio su discurso completo sin equivocarse. Habló de los trenes de Tokio, del templo Sensō-ji y de la costumbre de decir “itadakimasu” antes de comer como forma de agradecer a todos los que hicieron posible esa comida.

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