Al final improvisó una frase.
Su maestra de japonés la tradujo para el público:
—Dice: “Algún día quiero conocer Tokio. Y hoy vino una persona muy importante para mí, una persona que nunca me ha mentido. Gracias por venir”.
Diego aplaudió mirando hacia la última fila.
Después, en el pasillo, preguntó a Valeria por qué había faltado a una reunión tan importante.
—Porque durante doce años siempre elegí el negocio y casi nunca me arrepentí. Pero hoy supe que, si elegía esa recepción, sí me iba a arrepentir.
Diego entendió.
No era que Valeria estuviera renunciando a su mundo.
Estaba decidiendo quién quería que formara parte de él.
Un año después, Diego abrió su café.
No aceptó dinero de Valeria. Usó sus ahorros, pidió un crédito y se asoció con Rodrigo, un compañero de la escuela de gastronomía. Valeria solo lo ayudó a revisar el plan de negocios, negociar dos meses de gracia con el arrendador y detectar cláusulas que podían meterlos en problemas.