“Esos hombres dijeron que usted no se daba cuenta”, me confesó el hijo de un cocinero mientras comía el pastel que le prometí. Luego mencionó una comisión, aduana y casi un millón de pesos que supuestamente debía pagar. En vez de enfrentar a nadie, llamé a una vieja amiga y llevé una copia del correo original a la siguiente reunión; ahí empezó a derrumbarse toda la mentira.

—No fue un error —dijo Rebeca—. Lo cambió a propósito.

Valeria se quedó viendo la pantalla.

Había confiado en Sergio con cifras, costos internos, planes de expansión y reuniones privadas. Incluso le había pagado una bonificación por su “excelente trabajo”.

—No quiero acusarlo todavía —dijo—. Quiero escucharlos decirlo frente a mí.

El jueves volvieron a reunirse en El Andén. Sergio llegó primero. Después entraron Takeda y Mori. Rebeca fue presentada simplemente como asesora financiera y se sentó al lado de Valeria, fingiendo revisar números.

La cotización final apareció sobre la mesa.

—Diecinueve millones ochocientos mil pesos por el equipo —tradujo Sergio—. Más novecientos ochenta mil por logística, aduana, seguro y certificación.

Valeria entrelazó los dedos.

—Necesito el desglose de esos novecientos ochenta mil.

Sergio tradujo.

Mori respondió. Takeda añadió algo y ambos intercambiaron una sonrisa breve.

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