“Esos hombres dijeron que usted no se daba cuenta”, me confesó el hijo de un cocinero mientras comía el pastel que le prometí. Luego mencionó una comisión, aduana y casi un millón de pesos que supuestamente debía pagar. En vez de enfrentar a nadie, llamé a una vieja amiga y llevé una copia del correo original a la siguiente reunión; ahí empezó a derrumbarse toda la mentira.

Sergio dijo:

—Explican que es un cargo estándar.

Rebeca escribió algo en una hoja y la deslizó hacia Valeria.

“No dijeron eso. Mori dijo: ‘La asesora tampoco entiende japonés. No hay problema’. Takeda respondió: ‘Nuestro amigo preparará el anexo’”.

Valeria sintió cómo se le enfriaban las manos.

—Sergio, pregúntele a Mori por qué cobra aduana aparte si en su correo del mes pasado escribió que estaba incluida.

Por primera vez, Sergio tardó en reaccionar.

—Seguramente hay una confusión.

—Tradúzcalo. Exactamente.

Sergio habló en japonés. Mori contestó con calma.

—Dice que el correo especificaba que la aduana no estaba incluida.

Rebeca levantó la cabeza.

Se quitó los lentes, los limpió y, para sorpresa de todos, comenzó a hablar en japonés con una pronunciación impecable.

Mori dejó de sonreír.

Takeda se enderezó.

Sergio perdió el color.

Rebeca sacó la impresión del correo original y señaló una línea. Luego puso al lado la traducción de Sergio.

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