“Esos hombres dijeron que usted no se daba cuenta”, me confesó el hijo de un cocinero mientras comía el pastel que le prometí. Luego mencionó una comisión, aduana y casi un millón de pesos que supuestamente debía pagar. En vez de enfrentar a nadie, llamé a una vieja amiga y llevé una copia del correo original a la siguiente reunión; ahí empezó a derrumbarse toda la mentira.

—Acabo de decirles que escuché toda la conversación —explicó en español—. También le pedí al señor Mori que explique por qué su correo dice que la entrega y la aduana están incluidas mientras el señor Sergio tradujo lo contrario.

Sergio empujó la silla hacia atrás.

—Valeria, esto es una provocación. Esa mujer está interpretando mal.

—Siéntate.

La voz de Valeria fue tan fría que obedeció.

Takeda preguntó algo en japonés.

—Quiere saber cómo nos enteramos —tradujo Rebeca.

—Eso no importa. Pregúntele cuánto iba a recibir Sergio de esos novecientos ochenta mil.

Rebeca tradujo.

Mori miró a Sergio.

Sergio negó apenas con la cabeza.

Takeda volvió a preguntar, esta vez con tono duro.

Mori bajó la vista y abrió la boca.

Lo que confesó en los siguientes segundos no solo destruyó el negocio: cambió para siempre la vida de Valeria, Diego y Mateo.

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