Las mangas le cubrían parte de las manos, aunque él las había doblado dos veces. Estaba descolorida en los codos y tenía pequeñas manchas de grasa que jamás habían salido completamente.
Mateo había dormido con ella la noche anterior.
Todavía conservaba ese olor a aceite, jabón y madera vieja que siempre acompañaba a Tomás cuando regresaba de arreglar una bicicleta o reparar alguna cosa en casa.
Pero había algo más importante que la chaqueta.
En su muñeca izquierda llevaba un reloj mecánico antiguo.
Era pesado, plateado y estaba lleno de pequeñas rayas.
Tomás Herrera lo había usado todos los días durante décadas.
La noche antes de morir se lo había puesto a Mateo en la muñeca.
—Abuelo, me queda enorme.
Tomás había sonreído débilmente desde la cama.