—¡Señoría, espere!
El juez bajó el mazo.
Todos voltearon.
Chema también.
Y durante unos segundos creyó que estaba soñando.
En la puerta estaban sus tres hijas.
Sofía.
Valeria.
Lucía.
Ya no eran las niñas que corrían por los pasillos de la escuela esperando que terminara su turno.
Eran mujeres.
Sofía, de veinticuatro años, llevaba un traje gris y una carpeta contra el pecho.
Valeria sostenía una computadora portátil.
Lucía cargaba dos cajas llenas de documentos.
Chema se levantó lentamente.
—¿Qué hacen aquí?
Sofía sonrió con los ojos húmedos.
—Lo que tú hiciste por nosotras.
Se acercó.
—No dejarte solo.
El señor Robles, director de la escuela, se puso de pie.
—Señoría, esto es improcedente.
El juez levantó una mano.
—Siéntese.
Sofía se identificó.
Era abogada.
No una celebridad.
No una fiscal todopoderosa.