Elena sintió un escalofrío.
Tomás había encontrado información sobre ella.
Quizá supo que Elena había confirmado su asistencia.
Había llevado aquel reloj durante casi cuarenta años.
Y justo antes de morir se lo entregó a Mateo.
No había sido un recuerdo solamente.
Había sido un mensaje.
Una última forma de cuidar al niño.
Elena respiró con dificultad.
—Me estaba dejando un camino para encontrarlo.
Mateo negó suavemente.
—Creo que le estaba dejando un camino para encontrarme a mí.
Elena no pudo responder.
Mateo comenzó a llorar.
Hasta ese momento había mantenido todo dentro.
Había planchado solo su camisa.
Había comprado las flores.
Había cruzado la ciudad.
Había soportado que nadie le creyera.
Pero ya no pudo continuar.
Elena tampoco.
Permanecieron sentados en silencio mientras el reloj seguía funcionando sobre la muñeca del muchacho.