esposo, me llevó a una pequeña sala de juntas. Yo seguía apretando la bolsa.
—Si mi marido está muerto, dímelo ahora —susurré.
—Andrés está vivo, Lucía —dijo enseguida.
Pude respirar. Pero Mateo añadió, bajando la mirada:
—Está internado en este hospital. Hace once meses le diagnosticaron un tumor cerebral.
La bolsa se me cayó
de las manos.
—Eso es imposible. Habría sabido. Duermo a su lado. Soy su esposa.
—Andrés nos pidió que no te dijéramos nada.
Once meses. Once meses de cenas frías, cumpleaños perdidos, noches en que lo oía llorar, y yo convencida de que solo estaba agotado.
Once meses de silencio
Casi no lo reconocí en la habitación de neurocirugía. Tenía la cara más delgada, ojeras profundas y una pequeña zona rapada
junto a la sien. Cuando oyó mis pasos abrió los ojos.