No era solamente miedo a morir.
Era miedo a lastimar a otra hija.
Esa tarde conocí a Valentina.
Estaba sentada en la sala de espera, con una mochila negra sobre las piernas y un libro abierto que evidentemente no estaba leyendo.
Tenía el cabello oscuro, los ojos grandes y una expresión tímida.
Cuando Daniel pronunció su nombre, levantó la mirada.
—¿Papá?
Aquella palabra me atravesó el pecho.
No porque me molestara escucharla.
Sino porque comprendí cuánto había perdido aquella muchacha.
Valentina se levantó.
Al verme, palideció.
—Usted debe ser Laura.
Asentí.
—Y tú eres Valentina.
Bajó la mirada.
—Perdón.
Aquella disculpa me sorprendió.
—¿Por qué te disculpas?
—Por aparecer así en sus vidas.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Era una adolescente que acababa de perder a su madre, que había descubierto a su padre y que ahora podía perderlo también.