Fui al hospital a sorprender a mi esposo con su comida favorita, pero su compañero me miró con lágrimas en los ojos y me preguntó: “¿De verdad Daniel no te ha contado nada?”

Me quedé callada.

—Valentina me buscó. Hicimos una prueba de paternidad y confirmó que es mi hija.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Porque estaba enfermo, Laura. No sabía cómo presentarte a una hija que acababa de conocer mientras intentaba explicarte que tenía cáncer.

Miré nuevamente la carta.

—¿Qué tiene que ver ella con tu tratamiento?

Ramírez intervino.

—Cuando supo de la enfermedad de Daniel, Valentina pidió hacerse estudios de compatibilidad. Como hija biológica, es una posible donante haploidéntica, aunque todavía debemos completar la evaluación médica.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Una muchacha de diecisiete años quiere donar para salvar a un padre al que apenas conoce?

Daniel asintió.

—Pero no quiero que se sienta obligada. Y tampoco permitiría que nadie la presionara.

Por primera vez desde que había llegado al hospital, vi algo diferente en los ojos de mi esposo.

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