Sofía permaneció callada.
Después preguntó:
—¿Puedo llevarle mi oso?
Era un peluche café que Daniel le había regalado cuando cumplió cuatro años.
—Claro que sí.
—Es que cuando tengo miedo, él me ayuda.
Aquella noche lloré abrazada a ese oso.
Una semana después, los médicos nos dieron una noticia esperanzadora.
Los estudios habían identificado a Valentina como una posible donante adecuada para el procedimiento que estaban considerando.
Todavía faltaban evaluaciones y no existían garantías.
Pero por primera vez había un camino concreto.
Daniel lloró cuando se lo explicaron.
Valentina le tomó la mano.
—No me debes nada, papá.
Él negó con la cabeza.
—Te debo diecisiete años.
—No sabías que existía.
—Pero ahora lo sé. Y quiero estar aquí para conocerte.
La muchacha apoyó la frente contra su hombro.
Yo los observé desde la puerta.
Y comprendí algo que jamás había imaginado.