Yo no quería que aquella muchacha sintiera que la vida de su padre dependía exclusivamente de ella.
Una tarde se lo dije.
—Valentina, no tienes que demostrarle tu amor a Daniel donando nada.
Ella me miró.
—Lo sé.
—Aunque decidas no hacerlo, seguirás siendo su hija.
Sonrió con los ojos húmedos.
—Eso es lo que él me dijo.
Entonces me abrazó.
Fue nuestro primer abrazo.
Y, por alguna razón, sentí que Patricia, su madre, habría querido verla acompañada en aquel momento.
Mientras tanto, Sofía comenzó a hacer preguntas.
—Mamá, ¿por qué papá no vuelve a casa?
Ya no podía seguir mintiéndole.
Me senté con ella en su habitación.
—Papá tiene una enfermedad en la sangre. Los doctores están ayudándolo.
Sus ojos se llenaron de miedo.
—¿Se va a morir?
La abracé.
—No sabemos exactamente qué va a pasar, mi amor. Pero está recibiendo tratamiento y vamos a acompañarlo.