Fui al hospital a sorprender a mi esposo con su comida favorita, pero su compañero me miró con lágrimas en los ojos y me preguntó: “¿De verdad Daniel no te ha contado nada?”

Nada estaba asegurado.

Durante varios días, sus defensas permanecieron extremadamente bajas.

Hubo fiebre.

Hubo noches interminables.

Hubo momentos en los que el sonido de un teléfono me hacía sentir que el corazón se me detenía.

Yo pasaba las mañanas en el hospital y las tardes con Sofía.

Valentina se convirtió en parte de nuestra rutina.

Algunas noches hacíamos la tarea juntas en la cocina.

Otras preparábamos comida para llevar al hospital.

Un día Sofía me preguntó:

—Mamá, ¿Valentina puede venir a mi festival de la escuela?

—Claro.

—¿Aunque no viva aquí?

—Claro que sí.

Mi hija sonrió.

—Es que quiero presentarla como mi hermana.

Valentina, que estaba entrando a la cocina, escuchó aquellas palabras.

Se quedó inmóvil.

Después se cubrió la cara y comenzó a llorar.

Sofía corrió a abrazarla.

—¿Dije algo malo?

Valentina negó con la cabeza.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *