Fui al hospital a sorprender a mi esposo con su comida favorita, pero su compañero me miró con lágrimas en los ojos y me preguntó: “¿De verdad Daniel no te ha contado nada?”

—No, Sofi. Dijiste algo muy bonito.

Pasaron seis semanas.

Una mañana, Ramírez entró a la habitación con una expresión que no supe interpretar.

Daniel estaba sentado junto a la ventana.

Yo sostenía una taza de café frío.

—Tenemos los resultados de los estudios de seguimiento —anunció.

Sentí que el estómago se me encogía.

Ramírez miró a Daniel.

—Hay señales de que las células del donante están injertando y, por ahora, los estudios no muestran evidencia detectable de leucemia.

Me quedé sin respirar.

—¿Eso significa que está curado?

Ramírez negó suavemente.

—Significa que tenemos una respuesta muy favorable hasta este momento. Todavía necesita vigilancia estrecha. No podemos hablar de curación definitiva.

Daniel se cubrió el rostro.

Y lloró.

No como aquella madrugada en nuestra habitación, cuando creía que nadie lo veía.

Esta vez lloró frente a todos.

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