Fui al hospital a sorprender a mi esposo con su comida favorita, pero su compañero me miró con lágrimas en los ojos y me preguntó: “¿De verdad Daniel no te ha contado nada?”

Valentina lo abrazó.

Yo también.

Y cuando Sofía entró más tarde, llevando un dibujo de cuatro personas tomadas de la mano, Daniel le dijo:

—Parece que papá va a poder seguir molestándote un buen rato.

Ella soltó una carcajada.

—¡Entonces me debes nueve cuentos antes de dormir!

Daniel sonrió.

—Te debo muchos más.

Tres meses después, Daniel recibió autorización para continuar su recuperación en casa, con numerosas precauciones y consultas frecuentes.

El día que regresó, Sofía había decorado la sala con globos.

Valentina preparó un cartel que decía:

“Bienvenido a casa, papá”.

Yo había hecho tortas de pierna.

Las mismas que llevaba aquella mañana cuando descubrí la verdad.

Daniel se quedó mirando la mesa.

—¿Te acuerdas? —pregunté.

Él asintió.

—Nunca pude comer aquellas tortas.

—Pues hoy vas a probarlas, si tus indicaciones médicas lo permiten.

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