Fui al hospital a sorprender a mi esposo con su comida favorita, pero su compañero me miró con lágrimas en los ojos y me preguntó: “¿De verdad Daniel no te ha contado nada?”

—Tu mamá era muy bonita.

—Sí —susurró ella.

Mi hija pensó unos segundos.

—¿Podemos poner su foto junto a las nuestras?

Valentina me miró, sorprendida.

Yo asentí.

—Por supuesto.

Aquella tarde colocamos la fotografía de Patricia en una repisa de la sala.

No para reemplazar a nadie.

Sino para reconocer a la mujer que había criado a Valentina durante diecisiete años.

Creí que aquella sería la última sorpresa de nuestra historia.

Me equivocaba.

Dos semanas después, Daniel me pidió que lo acompañara a una cita con el notario.

Pensé que quería actualizar su testamento.

Habíamos hablado de ordenar nuestros asuntos después de todo lo sucedido.

Pero cuando llegamos, nos esperaba Ramírez.

Y también Valentina.

—¿Qué está pasando? —pregunté.

Daniel sonrió.

—Esta vez no quiero esconderte nada.

El notario nos explicó que Daniel había preparado documentos para organizar su patrimonio, proteger los derechos de ambas hijas y dejar instrucciones claras para el futuro.

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