Fui al hospital a sorprender a mi esposo con su comida favorita, pero su compañero me miró con lágrimas en los ojos y me preguntó: “¿De verdad Daniel no te ha contado nada?”

—Todo comenzó con unos moretones —explicó—. Después vinieron las infecciones y el agotamiento. Me hice estudios pensando que era algo pasajero.

Su voz tembló.

—Cuando llegaron los resultados, Ramírez me acompañó a hablar con hematología.

Miré al doctor.

—¿Tú lo sabías?

Ramírez bajó la mirada.

—Desde el principio.

—Eras nuestro amigo.

—Lo soy, Laura.

—Entonces debiste decírmelo.

—Se lo pedí muchas veces a Daniel. Pero él tenía derecho a decidir quién conocía su diagnóstico.

No pude responder.

Sabía que aquello era cierto.

Pero también sabía que me habían dejado fuera del momento más difícil de la vida de mi esposo.

—Recibí quimioterapia —continuó Daniel—. Al principio respondió bien. Después la enfermedad regresó.

—¿Y todas esas noches que supuestamente estabas operando?

—Estaba recibiendo tratamiento o recuperándome.

Me cubrí la boca.

—¿Y cuando llegabas a casa?

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