Fui al hospital a sorprender a mi esposo con su comida favorita, pero su compañero me miró con lágrimas en los ojos y me preguntó: “¿De verdad Daniel no te ha contado nada?”

—Intentaba parecer normal.

Recordé las veces que lo había visto quedarse dormido en el sofá.

Las ocasiones en que rechazaba la comida.

El día que Sofía le preguntó por qué ya no jugaba con ella en el jardín.

Él respondió que estaba demasiado cansado.

Yo me enojé.

Le dije que nuestra hija necesitaba un padre, no un visitante.

Daniel no discutió.

Simplemente la abrazó.

Ahora comprendía por qué aquel abrazo había durado tanto.

—¿Te vas a morir? —pregunté.

El silencio que siguió fue insoportable.

Finalmente, Ramírez respondió.

—Daniel necesita un trasplante de células madre hematopoyéticas. Los tratamientos anteriores no han logrado controlar la enfermedad de manera duradera. Estamos evaluando las opciones disponibles.

—¿Hay un donante?

Daniel miró hacia la fotografía de Sofía que todavía sostenía entre mis manos.

Y entonces dijo algo que me heló la sangre.

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