Fui al ultrasonido esperando ver la carita de mi bebé, pero la doctora se quedó inmóvil frente al monitor. Mi suegro, el alcalde, había elegido personalmente al especialista que me revisaría dos días después. Ella arrancó el enchufe y susurró: “No permitas que te lleven a esa consulta”. Le pedí que me explicara qué ocurría. Entonces sacó mi expediente y me mostró quién recibiría las imágenes antes que yo.

Asentí.

—Muchísimo. También siento hormigueo en los dedos. A veces se me caen las cosas.

La doctora respiró profundamente.

—¿Quién te prepara las vitaminas?

—Mi suegro. Las organiza en un pastillero todas las semanas.

Su expresión cambió por completo.

Mi esposo, Mateo, había muerto siete meses antes en un accidente automovilístico. Yo apenas llevaba unas semanas embarazada cuando ocurrió.

Después del funeral, su padre, Víctor Hernández, insistió en que me mudara a su casa.

Era dueño de una parte de una fábrica de empaques donde trabajaban casi cuatrocientas personas. Mateo poseía el resto de las acciones y, según su testamento, me había dejado una parte a mí y otra a nuestro hijo, siempre que naciera con vida.

Desde entonces, mi suegro se había mostrado extraordinariamente atento.

Me compró ropa de maternidad, acondicionó una habitación para el bebé y contrató a una mujer para ayudarme con la limpieza.

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