Fui al ultrasonido esperando ver la carita de mi bebé, pero la doctora se quedó inmóvil frente al monitor. Mi suegro, el alcalde, había elegido personalmente al especialista que me revisaría dos días después. Ella arrancó el enchufe y susurró: “No permitas que te lleven a esa consulta”. Le pedí que me explicara qué ocurría. Entonces sacó mi expediente y me mostró quién recibiría las imágenes antes que yo.

Todas las mañanas me llevaba personalmente las vitaminas.

—Por mi nieto, haría cualquier cosa —repetía.

Yo le creí.

La doctora Ana volvió a revisar las imágenes.

—La placenta presenta alteraciones que me preocupan. Por sí solas no prueban nada, pero junto con tus síntomas necesito descartar una intoxicación.

Sentí un escalofrío.

—¿Intoxicación?

—Hay sustancias que pueden provocar daño neurológico y afectar seriamente un embarazo. Necesitamos análisis de sangre, orina y una valoración urgente.

—¿Está diciendo que mi suegro me está envenenando?

—Estoy diciendo que no debes tomar otra pastilla hasta que sepamos exactamente qué contiene.

Quise llamar a Víctor, pero ella me detuvo.

—No. Primero vamos a llevarte a un hospital donde podamos protegerte.

Me explicó que el médico que había programado mi siguiente revisión era amigo íntimo de mi suegro. Temía que él pudiera enterarse de nuestras sospechas antes de que consiguiéramos las pruebas.

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