Habíamos reunido a más de cien familiares para celebrar nuestros 25 años juntos cuando la novia de mi hijo preguntó inocentemente: “Señor, ¿su esposa sigue internada?”. Mi marido soltó mi cintura y respondió: “Te equivocaste de persona”. Yo terminé la fiesta sin decir nada. Días después encontré una fotografía escondida en su Biblia, y lo que decía detrás me llevó a investigar su primera boda.

—Es la esposa de un primo mío. Seguramente me viste cuando fui a visitarla.

Daniela se puso roja de vergüenza.

—¡Ay, discúlpeme! Qué pena. Debo haberme confundido.

Mi hijo Mateo miró a su padre. Roberto me besó la frente, murmuró que la pobre muchacha estaba nerviosa y se alejó hacia la mesa de bebidas.

Pero yo conocía esa cara.

Me llamo Elena Ramírez, tengo 48 años y soy dueña de una pequeña estética en León, Guanajuato. Conocí a Roberto cuando yo tenía 22 años y él trabajaba transportando mercancía.

Nos casamos en agosto de 200Dos años después nació Mateo.

Durante 25 años creí tener un matrimonio tranquilo. Roberto era trabajador, cariñoso a su manera y jamás había faltado a una celebración familiar.

Solamente tenía una costumbre extraña.

El segundo jueves de cada mes viajaba a Guadalajara por asuntos de trabajo. Salía antes del amanecer y regresaba al anochecer con un panqué de canela que compraba en una panadería.

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