Siempre volvía callado, como si hubiera pasado el día cargando una tristeza que no podía contarme.
Después de la fiesta, le pregunté directamente por Adriana.
—Ya te dije que es una pariente lejana —respondió—. Está enferma. No me gusta hablar de esas cosas.
Al día siguiente fui al departamento de Mateo.
Daniela empezó a llorar apenas me vio.
—Señora Elena, trabajé tres años en ese centro de cuidados. No puedo revelar información privada de los pacientes. Podría perder mi empleo. Pero le juro que reconocí a su esposo.
No quise presionarla.
El lunes llamé a la empresa de transportes donde Roberto trabajaba desde hacía muchos años.
Conocía a la encargada de logística.
—Oye, Laura, ¿todavía le toca a Roberto la ruta de Guadalajara los segundos jueves?
Hubo un silencio incómodo.
—Elena, esa ruta desapareció hace doce años. Roberto pide permiso personal todos los segundos jueves. Pensé que tú lo sabías.