Habíamos reunido a más de cien familiares para celebrar nuestros 25 años juntos cuando la novia de mi hijo preguntó inocentemente: “Señor, ¿su esposa sigue internada?”. Mi marido soltó mi cintura y respondió: “Te equivocaste de persona”. Yo terminé la fiesta sin decir nada. Días después encontré una fotografía escondida en su Biblia, y lo que decía detrás me llevó a investigar su primera boda.

Y ocurrió algo más.

Un día llamaron de la compañía telefónica para ofrecerme cancelar nuestra antigua línea fija.

Casi nadie la utilizaba.

La empleada me explicó cuánto podría ahorrar si conservaba únicamente el celular.

Estuve a punto de aceptar.

Entonces recordé la pantalla de la recepción en Guadalajara.

«Elena Ramírez. Contacto familiar de emergencia».

Pensé en Adriana, sentada junto a la ventana, esperando sus rosas amarillas.

Le pregunté a la empleada si podía mantener la línea.

Me dijo que sí.

Y decidí conservarla.

No porque quisiera volver con Roberto.

Tampoco porque me sintiera obligada a corregir sus errores.

La conservé porque, si algún día el centro necesitaba localizar urgentemente a alguien y no conseguía comunicarse con él, yo quería tener la posibilidad de responder.

Todavía visito a Adriana de vez en cuando, cuando ella desea recibirme.

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