Algunas veces recuerda mi nombre.
Otras necesita que se lo repita.
Pero casi siempre sonríe cuando le cuento algo de Mateo.
Roberto continúa visitándola el segundo jueves de cada mes.
Yo ya no espero el panqué de canela.
Lo curioso es que hace poco Adriana me preguntó si todavía tenía mi sillón azul.
Le dije que sí.
Entonces sonrió y respondió:
—Qué bueno. Ahí eres feliz.
Durante mucho tiempo creí que mi mayor tragedia había sido descubrir que mi esposo tenía otra esposa.
Después entendí que lo verdaderamente doloroso fue saber que todos aquellos años me había privado de la oportunidad de decidir qué clase de vida quería vivir.
Roberto perdió nuestro matrimonio, nuestra casa compartida y la confianza de su hijo.
Adriana sigue viviendo con las consecuencias de un accidente que no provocó.
Y yo aprendí que la compasión no exige reconciliación, que perdonar no es una obligación y que nadie tiene derecho a construir su felicidad escondiendo la verdad a otra persona.