Mostraba a Roberto mucho más joven, abrazando a una muchacha de cabello oscuro y sonrisa torcida.
En el reverso alguien había escrito:
«Adriana y Roberto. 1996. Juntos para siempre».
Era la misma mujer que había visto en silla de ruedas.
Al día siguiente busqué a la licenciada Patricia Ríos, una abogada que llevaba años siendo clienta de mi estética.
Le conté todo.
—Elena, necesitamos comprobar si existe un matrimonio anterior y si alguna vez se disolvió —me explicó—. Si sigue vigente, tu situación legal es muy delicada.
También me advirtió que, si se confirmaba que Roberto había contraído matrimonio estando casado, habría consecuencias civiles y posibles responsabilidades penales.
—Pero tú actuaste de buena fe. Eso importa. No significa que automáticamente pierdas tu patrimonio.
Yo apenas podía escucharla.
De su oficina salí directamente hacia Lagos de Moreno, donde vivía Carmen, mi suegra.