Habíamos reunido a más de cien familiares para celebrar nuestros 25 años juntos cuando la novia de mi hijo preguntó inocentemente: “Señor, ¿su esposa sigue internada?”. Mi marido soltó mi cintura y respondió: “Te equivocaste de persona”. Yo terminé la fiesta sin decir nada. Días después encontré una fotografía escondida en su Biblia, y lo que decía detrás me llevó a investigar su primera boda.

Mostraba a Roberto mucho más joven, abrazando a una muchacha de cabello oscuro y sonrisa torcida.

En el reverso alguien había escrito:

«Adriana y Roberto. 1996. Juntos para siempre».

Era la misma mujer que había visto en silla de ruedas.

Al día siguiente busqué a la licenciada Patricia Ríos, una abogada que llevaba años siendo clienta de mi estética.

Le conté todo.

—Elena, necesitamos comprobar si existe un matrimonio anterior y si alguna vez se disolvió —me explicó—. Si sigue vigente, tu situación legal es muy delicada.

También me advirtió que, si se confirmaba que Roberto había contraído matrimonio estando casado, habría consecuencias civiles y posibles responsabilidades penales.

—Pero tú actuaste de buena fe. Eso importa. No significa que automáticamente pierdas tu patrimonio.

Yo apenas podía escucharla.

De su oficina salí directamente hacia Lagos de Moreno, donde vivía Carmen, mi suegra.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *