Habíamos reunido a más de cien familiares para celebrar nuestros 25 años juntos cuando la novia de mi hijo preguntó inocentemente: “Señor, ¿su esposa sigue internada?”. Mi marido soltó mi cintura y respondió: “Te equivocaste de persona”. Yo terminé la fiesta sin decir nada. Días después encontré una fotografía escondida en su Biblia, y lo que decía detrás me llevó a investigar su primera boda.

Y lo que descubrí esa misma noche fue todavía peor.

PARTE 2

Regresé a León sin recordar cómo había conducido durante más de dos horas.

Antes de irme del centro, observé a Roberto salir por una puerta lateral. Se subió a su camioneta, apoyó la frente sobre el volante y comenzó a llorar.

Lo vi desde lejos.

En 25 años solamente lo había visto llorar cuando nació nuestro hijo y cuando murió su padre.

Aquella mañana lloró casi veinte minutos.

Cuando llegué a casa, encontré el acostumbrado panqué de canela sobre la mesa.

Por primera vez me dio náuseas verlo.

Esperé a que Roberto saliera y revisé el viejo armario de nuestra habitación. Buscaba alguna explicación, cualquier cosa que demostrara que todo era un terrible malentendido.

En el estante superior encontré una Biblia que había pertenecido a su padre.

Entre sus páginas había una fotografía amarillenta.

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