La ambulancia se llevó a mi madre esa noche; al día siguiente regresé a su departamento y mi suegra ya estaba instalándose como si fuera suyo. “No desperdicies una casa vacía”, me dijo mientras movía sus pertenencias. Yo no la eché ni discutí: hice una llamada de menos de dos minutos y, horas después, empezó su verdadero problema.

Ofelia palideció.

Mi mamá era tranquila, pero no ingenua.

Y, sobre todo, el departamento era exclusivamente suyo.

—No tienes necesidad de preocuparla.

—Entonces recoja.

Durante los siguientes diez minutos vivimos una escena que todavía me cuesta recordar sin sonreír.

Ofelia volvió a sacar sus vestidos del clóset.

Colocó las prendas de mi mamá en los ganchos.

Recogió sus cosméticos.

Quitó sus zapatos.

Sacó de la cocina una bolsa con medicamentos, café soluble y galletas que ya había acomodado en una alacena.

Hasta había cambiado de lugar las tazas de mi mamá para poner las suyas enfrente.

Aquello me reveló que no planeaba quedarse “un par de días”.

Había llegado para instalarse.

Tal vez pensaba permanecer allí hasta que mi mamá regresara.

Tal vez incluso esperaba convencerla de compartir el departamento.

Con Ofelia nunca se sabía.

Mientras guardaba una de sus bolsas sonó su teléfono.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *