La ambulancia se llevó a mi madre esa noche; al día siguiente regresé a su departamento y mi suegra ya estaba instalándose como si fuera suyo. “No desperdicies una casa vacía”, me dijo mientras movía sus pertenencias. Yo no la eché ni discutí: hice una llamada de menos de dos minutos y, horas después, empezó su verdadero problema.

—Sí la conozco. Por eso la llamé.

Ofelia cerró una maleta con tanta fuerza que el cierre rechinó.

En ese momento me di cuenta de algo que me produjo más tristeza que enojo.

Sobre la cama estaban los vestidos de mi mamá hechos bola.

Mi madre cuidaba mucho su ropa. No porque fuera cara, sino porque varias prendas tenían historia.

Había un vestido azul que había usado en la graduación de mi hermano.

Una blusa blanca que mi papá le regaló antes de morir.

Un rebozo que perteneció a mi abuela.

Para Ofelia eran simples estorbos.

Señalé la cama.

—Antes de irse, va a dejar todo exactamente como estaba.

Mi suegra soltó una carcajada seca.

—No tengo tiempo.

—Entonces tendrá que encontrarlo.

—¿Y quién me va a obligar?

La miré fijamente.

—La dueña.

Eso la frenó.

—Estoy hablando con mi mamá por videollamada en veinte minutos. Ella sabe que vine por sus cosas. ¿Quiere que le enseñe cómo dejó su recámara?

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