La ambulancia se llevó a mi madre esa noche; al día siguiente regresé a su departamento y mi suegra ya estaba instalándose como si fuera suyo. “No desperdicies una casa vacía”, me dijo mientras movía sus pertenencias. Yo no la eché ni discutí: hice una llamada de menos de dos minutos y, horas después, empezó su verdadero problema.

Era la tía Chayo.

Contestó casi temblando.

—¿Qué quieres?

La voz se escuchó perfectamente.

—Ofelita, ¿dónde guardas las sábanas buenas?

—¡NO TOQUES MIS SÁBANAS!

Tuve que voltearme para que no viera mi cara.

—Es que Beto se va a quedar en tu cuarto y yo en el otro.

—¡Nadie se va a quedar en ningún lado! ¡Sal de mi casa!

—Ay, mujer, no seas egoísta. Si tú ni estás aquí.

Ofelia me miró como si quisiera incendiarme con los ojos.

—Rosario, escúchame muy bien…

—Oye, y otra cosa. ¿Este frasco de mole que tienes en el refrigerador todavía sirve?

Mi suegra casi gritó.

—¡NO TE COMAS ESE MOLE! ¡ME LO TRAJERON DE OAXACA!

—Ah, entonces sí está bueno.

La llamada terminó abruptamente porque Ofelia colgó.

Se agarró la frente.

—Me va a matar.

—Pensé que eran familia.

—Eso no significa que pueda instalarse en mi casa.

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