La ambulancia se llevó a mi madre esa noche; al día siguiente regresé a su departamento y mi suegra ya estaba instalándose como si fuera suyo. “No desperdicies una casa vacía”, me dijo mientras movía sus pertenencias. Yo no la eché ni discutí: hice una llamada de menos de dos minutos y, horas después, empezó su verdadero problema.

—Interesante.

La palabra cayó como piedra.

Ofelia no respondió.

Entonces se escuchó un claxon abajo.

—Raúl llegó.

Mi suegra agarró sus dos maletas.

Antes de salir, me señaló con un dedo.

—Esto no se queda así.

—Eso espero.

—Voy a hablar con tu mamá.

—Perfecto. Puede explicarle usted misma por qué sacó sus vestidos del clóset mientras ella estaba hospitalizada.

Ofelia bajó la mano.

No dijo nada más.

Cuando abrió la puerta, le recordé:

—Le falta algo.

—¿Qué?

Señalé una bolsa de pan dulce que había dejado en la sala.

—Sus conchas.

Me dedicó una última mirada asesina, tomó la bolsa y salió.

Esperé hasta escuchar sus pasos desaparecer por las escaleras.

Después cerré.

Con llave.

Y con el seguro.

Por primera vez desde que entré pude respirar con tranquilidad.

Abrí las ventanas.

El aire fresco comenzó a sacar aquel perfume dulce y pesado que Ofelia había dejado por todas partes.

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