La ambulancia se llevó a mi madre esa noche; al día siguiente regresé a su departamento y mi suegra ya estaba instalándose como si fuera suyo. “No desperdicies una casa vacía”, me dijo mientras movía sus pertenencias. Yo no la eché ni discutí: hice una llamada de menos de dos minutos y, horas después, empezó su verdadero problema.

Regresé a la habitación.

Doblé cuidadosamente el rebozo de mi abuela.

Acomodé la blusa blanca.

Estiré el vestido azul.

Limpié una mancha de café que habían dejado sobre el buró.

Después encontré algo que terminó de confirmar mis sospechas.

Debajo de una de las maletas había una bolsa con artículos de baño completamente nuevos: champú, crema corporal, pasta dental, jabón, una bata y hasta un paquete grande de papel higiénico.

Nadie compra todo eso para pasar una noche.

Ofelia planeaba quedarse.

Tal vez semanas.

Sentí una mezcla de rabia y decepción.

No sólo por ella.

Por Raúl.

Porque mi marido conocía perfectamente mi respuesta.

Yo le había dicho que no.

Y aun así tomó una llave que no era suya y se la entregó a su madre.

Eso era lo que realmente me dolía.

No había sido un malentendido.

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