Había sido una decisión.
Guardé algunas cosas en una bolsa, tomé la carpeta azul y la novela que mi mamá había pedido.
Antes de salir, revisé todas las ventanas.
Luego llamé a un cerrajero.
—Buenas tardes. Necesito cambiar una cerradura mañana temprano.
El hombre me preguntó qué había pasado.
—Una llave cayó en manos equivocadas.
Esa noche pasé primero por el hospital.
Mi mamá estaba sentada en la cama comiendo gelatina.
—¿Encontraste mi novela?
—Sí.
Le entregué el libro y la carpeta.
Me observó unos segundos.
Las madres tienen esa capacidad inquietante de saber cuándo uno oculta algo.
—¿Qué pasó?
—Nada que no esté resuelto.
—Mariana.
Suspiré.
No quería preocuparla, pero tampoco podía seguir ocultándolo.
Le conté todo.
Primero se quedó en silencio.
Después sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Entró a mi recámara?
—Sí.
—¿Sacó mis cosas?