La ambulancia se llevó a mi madre esa noche; al día siguiente regresé a su departamento y mi suegra ya estaba instalándose como si fuera suyo. “No desperdicies una casa vacía”, me dijo mientras movía sus pertenencias. Yo no la eché ni discutí: hice una llamada de menos de dos minutos y, horas después, empezó su verdadero problema.

Asentí.

Mi mamá apretó los labios.

—¿Y Raúl le dio la llave?

—Sí.

Eso fue lo que más le dolió.

No el comportamiento de Ofelia.

De ella podía esperarse cualquier cosa.

Pero Raúl llevaba ocho años entrando a la casa de mi mamá como parte de la familia.

Había cenado allí en Navidad.

Había dormido allí cuando tuvimos una fuga de agua.

Mi mamá le había prestado dinero cuando perdió su empleo.

Incluso le había comprado una camisa para una entrevista porque él no tenía una decente.

—Nunca pensé que él hiciera algo así —murmuró.

—Yo tampoco.

Me tomó la mano.

—¿Sabes qué es lo peor? Que si no hubieras ido, esa mujer quizá habría seguido ahí hasta que yo saliera del hospital.

No respondí.

Porque pensaba exactamente lo mismo.

Cuando llegué a mi casa, Raúl estaba esperándome en la cocina.

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