Tenía una expresión mezcla de miedo y enojo.
—¿Qué hiciste?
Dejé las llaves sobre la mesa.
—Protegí la casa de mi mamá.
—Mi mamá está furiosa.
—La mía también.
—Tía Chayo no quiere irse.
—Qué mala suerte.
—¡Mariana, esto es serio!
—Por supuesto que es serio. Tomaste una llave sin permiso y se la entregaste a tu madre para que entrara a una propiedad ajena.
Raúl bajó la voz.
—Sólo quería quedarse unos días.
—Entonces dime por qué ya había vaciado medio clóset.
No respondió.
—¿Sabías que iba a llevar sus cosas?
Silencio.
Eso fue suficiente.
—Lo sabías.
—Mi mamá pensó que sería más cómodo…
—¿Cómodo para quién?
—Mariana, cálmate.
—Estoy muy tranquila.
Y era verdad.
Mi enojo ya había pasado.
Lo que sentía ahora era algo más frío.