La ambulancia se llevó a mi madre esa noche; al día siguiente regresé a su departamento y mi suegra ya estaba instalándose como si fuera suyo. “No desperdicies una casa vacía”, me dijo mientras movía sus pertenencias. Yo no la eché ni discutí: hice una llamada de menos de dos minutos y, horas después, empezó su verdadero problema.

—Mañana viene un cerrajero a cambiar la chapa de mi mamá.

—¿Para qué?

—Porque tu madre tiene una copia.

—Se la podemos pedir.

—No.

Raúl frunció el ceño.

—¿Y quién va a pagar?

—Tú.

—¿Yo?

—Sí. Tú entregaste la llave. Tú pagas la nueva cerradura.

—No seas exagerada.

Tomé mi celular.

—También puedo llamar a la tía Chayo y decirle que, si Ofelia logra sacarla hoy, aquí tenemos un sillón disponible.

Raúl se quedó inmóvil.

—No harías eso.

Busqué el contacto de Rosario.

—Pruébame.

—Está bien, está bien.

Se dejó caer en una silla.

—Yo pago.

—Perfecto.

Pero todavía no había terminado.

—Y desde hoy, mientras mi mamá siga hospitalizada, yo voy a visitarla todas las tardes.

—Está bien.

—Así que tú prepararás la cena.

Me miró sorprendido.

—¿Todos los días?

—Todos.

—Pero yo llego cansado.

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