La ambulancia se llevó a mi madre esa noche; al día siguiente regresé a su departamento y mi suegra ya estaba instalándose como si fuera suyo. “No desperdicies una casa vacía”, me dijo mientras movía sus pertenencias. Yo no la eché ni discutí: hice una llamada de menos de dos minutos y, horas después, empezó su verdadero problema.

—Curioso. Yo también.

No discutió.

—Y vas a hacer tu parte de la limpieza.

—Mariana…

Levanté el teléfono otra vez.

—Está bien.

Dos días después, cambiamos la cerradura.

Raúl pagó.

No entregamos ninguna copia a nadie.

Mi mamá salió del hospital la semana siguiente.

Cuando regresó a casa, se quedó varios minutos parada en la entrada mirando todo.

Yo había limpiado, ventilado y colocado cada cosa en su sitio.

—Parece que nunca pasó nada —dijo.

—Esa era la idea.

Fue hasta su recámara.

Abrió el clóset.

Pasó la mano por sus vestidos.

Después se volvió hacia mí.

—Gracias por defender mi casa.

—Es tuya, mamá.

—No hablo del departamento.

La miré.

—Hablo de mi lugar. De mis cosas. De mi derecho a regresar y encontrar mi vida donde la dejé.

Aquellas palabras se me quedaron grabadas.

Porque a veces la gente cree que invadir una casa significa únicamente cruzar una puerta sin autorización.

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