La ambulancia se llevó a mi madre esa noche; al día siguiente regresé a su departamento y mi suegra ya estaba instalándose como si fuera suyo. “No desperdicies una casa vacía”, me dijo mientras movía sus pertenencias. Yo no la eché ni discutí: hice una llamada de menos de dos minutos y, horas después, empezó su verdadero problema.

Había alguien a quien Ofelia le tenía más miedo que a una demanda, una fuga de gas y una deuda bancaria juntas.

Su cuñada, la tía Rosario.

Marqué.

—¿Bueno?

Sonreí.

—Tía Chayo, soy Mariana. Creo que acabo de encontrarle alojamiento gratis en Puebla.

Del otro lado de la línea hubo un silencio.

Después, escuché una carcajada.

Y en ese momento comprendí que mi suegra acababa de cometer un error mucho más grande de lo que imaginaba.

No podía creer lo que estaba a punto de pasar…

PARTE 2

La tía Chayo vivía cerca de Teziutlán y era exactamente el tipo de persona que Ofelia no podía soportar.

Hablaba fuerte, preguntaba todo, tocaba todo y tenía la costumbre de llegar “por dos días” y quedarse dos semanas.

Además, cada vez que viajaba a Puebla para vender verduras, conservas y quesos, cargaba bolsas suficientes para abastecer un pequeño restaurante.

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