Tres años antes se había quedado en casa de Ofelia durante un fin de semana.
Mi suegra todavía hablaba de aquello como si hubiera sobrevivido a un huracán.
—¿Gratis dijiste? —preguntó Chayo.
—Ofelia se va a quedar un tiempo en otro departamento.
—¿Y su casa queda sola?
—Completamente.
—Ay, hija, Dios aprieta pero no ahorca. Justo mañana tengo que ir a Puebla.
—Perfecto. ¿Se acuerda de las llaves que Ofelia le dejó cuando fue a Veracruz hace dos años?
Chayo guardó silencio unos segundos.
—Todavía las tengo.
Casi me reí.
—Entonces ya está resuelto.
—Me llevo a Beto. Está buscando trabajo allá.
—Claro. Nada más una cosa: Ofelia no debe saber que llegaron hasta que estén bien instalados. Quiero darle una sorpresa.
—Tú déjamelo a mí.
El lunes por la mañana, antes de ir a trabajar, pasé cerca de la CAPU.