La ambulancia se llevó a mi madre esa noche; al día siguiente regresé a su departamento y mi suegra ya estaba instalándose como si fuera suyo. “No desperdicies una casa vacía”, me dijo mientras movía sus pertenencias. Yo no la eché ni discutí: hice una llamada de menos de dos minutos y, horas después, empezó su verdadero problema.

La tía Chayo ya estaba esperándome con tres costales, dos cajas, una cubeta tapada y un sobrino de treinta años llamado Beto que parecía capaz de cargar un refrigerador él solo.

—¿Qué trae ahí? —pregunté señalando un costal enorme.

—Cebolla.

—¿Y en la cubeta?

—Chile en vinagre.

Decidí no preguntar más.

Al mediodía le envié un mensaje a Raúl:

“Hoy, a las seis, pasaré al departamento de mi mamá por su carpeta azul y su libro”.

Contestó en menos de veinte segundos.

“No vayas. Yo te los llevo.”

“Gracias, pero prefiero ir yo.”

El teléfono comenzó a sonar.

No contesté.

A las cinco con cuarenta llegué al edificio de mi mamá.

Subí al tercer piso y abrí con mi llave original, una copia que Raúl desconocía.

Antes de entrar sentí un perfume floral tan fuerte que supe quién estaba adentro.

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